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Impulsor de la Corporación de Educación Popular, el sacerdote Víctor Hugo Tumba Ortiz ha construido ya con mucho esfuerzo una escuelita para los niños humildes del asentamiento humano Ramón Castilla de Huanchaco
El padre Víctor Hugo Tumba Ortiz (Guadalupe, 1961) siempre tiene tiempo para todo el mundo. Para usted, para mí, para cualquiera que necesite de su palabra, de su consejo, de su sabiduría o tan simplemente de su silenciosa presencia. De admirable paciencia, el padre Tumba ha pasado 17 años de su vida sacerdotal en la Iglesia Santa Rosa, en pleno centro de Trujillo, desde cuyo púlpito lanza rayos de amor para los fieles. También ejerce el periodismo desde la sección Religión en el diario La Industria. Ahora, con una maestría y estudios de doctorado bajo el brazo, ha emprendido un proyecto más terrenal, pero no menos dulce: construir una corporación educativa para los niños más pobres de un asentamiento humano en Huanchaco. ¿Obstáculos? Los conoce de cerca y no les teme. Orgullosos están sus padres Carlos y Raquel, así como sus tres hermanos Carlos (47), Mónica (41) y Mely (38).
 El padre Víctor Hugo Tumba (segundo de la izquierda) participa de la actividad cultural en Trujillo, durante la presentación del poemario “Perfiles”, del padre Fernando Rojas Morey. En los extremos, aparecen Carlos Chávez y Bethoven Medina.
-Padre, ¿cómo nació su vocación para ser sacerdote? -Mi vocación nació en mi época de estudiante en el colegio de Chepén, cuando comencé a integrar un grupo denominado “Cruzada de Fátima” que dirigía y asesoraba el padre Javier Amorós Ortiz. Desde allí desempeñé una labor social en la barriada más pobre de mi pueblo, la barriada San Sebastián. A ellos les dije: “Voy a ser sacerdote para servir a los más pobres”. Influyó también en mí la labor del párroco Fernando Rojas Morey, quien fue mi profesor de religión en el colegio de la GUE Carlos Gutiérrez Noriega. Al terminar mi colegio, ingresé al Seminario Mayor San Carlos y San Marcelo, cuando tenía 17 años de edad. -¿Es difícil o sacrificada la vida de un sacerdote? -La vida de un sacerdote es una vida de entrega y sacrificio. En todo sentido, el sacerdote, como persona consagrada, tiene que actuar como tal. No faltan las tentaciones ni las dificultades. Es una lucha constante. Pues a nosotros no nos ven como cualquier profesional, la gente nos exige más. De allí el reto y desafío permanente. -Usted siempre se ha preocupado por su crecimiento intelectual y ahora estudia el doctorado, ¿a dónde apuntan sus objetivos? -El mismo desempeño del sacerdocio y el contacto con tanta gente profesional aquí en Trujillo, donde trabajo ya 17 años en la Iglesia Santa Rosa, me lleva siempre a actualizarme, a aprender más nuestra cultura y a estar siempre al día. Por terminé una Maestría en Pedagogía Universitaria en la Universidad Nacional de Trujillo, y actualmente en esta misma casa de estudios estoy siguiendo un Doctorado en Planificación y Gestión. -¿Qué siente cuando los periódicos revelan casos de sacerdotes pedófilos? -Me da mucha pena. Y, además, me doy cuenta que somos tan frágiles y humanos. No soy quién para condenar. Pero sí puedo decir con humildad que es necesario corregir y rectificar los errores que se han cometido por parte de algunos clérigos. La Iglesia requiere reformular la misma formación de los nuevos sacerdotes. Sin embargo, es preciso decir que lo que se ha acusado a la iglesia respecto a este tema se ha exagerado demasiado no se sabe con qué intención, tal vez por un mero sensacionalismo periodístico. -¿Cómo recuerda su niñez? -Recuerdo mi niñez como el de cualquier niño de mi pueblo. Mis estudios en el Carlos A. Olivares (la primaria) y en la GUE Carlos Gutiérrez Noriega (la secundaria). Viví en una familia muy unida, en medio de la pobreza y de los problemas que nunca faltaban. Recuerdo que mis padres reflejaron amor y cariño para todos. Me enseñaron los valores humanos y también a amar a Dios; también a respetar a todos. Aprendí la tolerancia y a ser servicial con todos. -¿Qué significa para usted la Corporación de Educación Popular? -Un proyecto que surge en amor y solidaridad. En el 2002, con el deseo de aplicar mi tesis doctoral que llevo en la UNT, formé con unos amigos una asociación que lleva este nombre. Y luego en el 2005 logramos formar nuestra primera escuelita en el asentamiento humano Ramón Castilla de Huanchaco, donde hemos atendido a 150 niños (de 3 a 9 años), dándoles gratuitamente educación de calidad útiles escolares, desayunos, almuerzos, atención médica y psicológica, vestido, etc. La meta máxima es llevarlos hasta la universidad empresarial y a un centro laboral donde los egresados puedan trabajar, pues nos sentiríamos frustrados verlos sentados por las calles con su título bajo el brazo, pues la mayoría de los profesionales no consiguen trabajo. -¿Qué significa en su vida la Iglesia Santa Rosa? -Mi primera Iglesia. La primera que tuve a mi cargo a un año de haber sido ordenado sacerdote. Luego, sin dejar Santa Rosa, también estuve a cargo de la parroquia de Huanchaco y de la parroquia de San Lorenzo, y desempeñé también otros cargos. El pasado 8 de diciembre, he celebrado 17 años en esta Iglesia y 18 años como sacerdote. Aquí, me he realizado como sacerdote, lo cual agradezco. No pensé quedarme tanto tiempo, considero ahora que todo es cosa de Dios. Por la Iglesia he conocido a los Vallejianos, que siempre les celebraba la Misa que solicitaba mi amigo el doctor César Adolfo Alva Lezcano. Ahora ya soy parte de este Instituto de Estudios Vallejianos, debido también a mi inquietud por escribir, habiendo escrito algunos artículos sobre César Vallejo. -¿Qué le recomienda a los jóvenes que quieren ser sacerdotes? -Que sigan la carrera sacerdotal con humildad y con un firme convencimiento de que serán sacerdotes para servir al pueblo de Dios, y en especial a los más humildes. No se hacen sacerdotes para asumir cargos, ni títulos, ni para recibir aplausos humanos. Ni mucho menos para tener dinero. Ser sacerdote es hermoso, pero a la vez es ser signo de contradicción. Habrá críticas y mal interpretaciones. Pero cuando hay vocación se sigue para adelante. -Sabemos que también le gusta el periodismo, ¿por qué? -Desde la época del colegio me ha gustado la literatura y también mi mayor pasatiempo era escribir mis vivencias y hasta pequeños artículos. Uno de los momentos más felices fue cuando con mis propinas al cumplir 15 años de edad compré mi primera máquina de escribir. Así, luego ya en el seminario mayor de Moche, donde seguí mis estudios para sacerdote, edité el boletín y el periódico mural durante los siete años que estuve internado. -Algunos le hacen bromas por su cercanía con el aprismo, ¿en qué medida es cierto esto? -Mi familia es aprista. Creo que muchos hemos crecido en un ambiente aprista. No obstante, desde mis primeros años de formación del colegio y en el grupo Cruzada de Fátima, manifesté una gran inclinación por las corrientes de izquierda. Sin embargo, conforme pasó el tiempo, tuve una especial admiración por Alan García. No por el APRA, sino más por Alan García. Lo defendí cuando todos lo atacaban a partir del año 1990, donde muchos apristas lo abandonaron. Y me alegré cuando volvió en el 2001. En este año escribí en La Industria un artículo sobre él. Pero jamás he sido aprista. Al local del partido aquí en Trujillo he entrado por primera vez hace poco, para la bendición de un cafetín. Me gustan algunos de los postulados del APRA que ya se están olvidando, como el antiimperialismo. -¿Ha tenido muchos obstáculos para crear su escuela de Educación Popular? -Muchos obstáculos, pero sobretodo económicos. No hemos tenido ninguna fuente de financiamiento. Hemos tenido que mantener el proyecto con nuestros propios recursos. Esperamos que este año 2006 sea mejor y se autogestione con algunas microempresas. No han faltado las ayudas de los padrinos y otras que esporádicamente nos han llegado de amigos y empresas. Agradezco la ayuda de José Félix Tam de Súper Rey, que nos ha dado mensualmente un saco de arroz, un saco de azúcar y una lata de aceite. -¿En qué quiere convertir a la Corporación de Educación Popular? -La Corporación de Educación Popular (CEP) debe convertirse en una alternativa para que muchos niños que no pueden estudiar lo hagan. Una alternativa para decir que la vida no es para hacer negocio sino para ser solidarios. Que la educación no puede ser una mercancía. Pues la educación es más importante incluso que la alimentación, pues la educación nos permitirá salir de la pobreza. La CEP, como ya se le conoce, es también una filosofía para educar y liberar, educar para hacer un mundo mejor. Sólo la educación logrará el verdadero desarrollo. Por eso, al final la CEP se convertirá en un modelo de gestión para que los niños más pobres estudien y luego trabajen para el desarrollo de su propio pueblo. -¿Cree que las familias trujillanas tienen más problemas que años atrás? -Hay mayores problemas, sobre todo por la violencia tan cruel que vemos todos los días. Una violencia que también es fruto de la miseria en que vivimos. Miseria material y moral. La brecha entre pobres y ricos es mayor. La extrema pobreza se ha agudizado. La mayoría de peruanos vive en la pobreza extrema. Lamentablemente a las autoridades jamás se les ha ocurrido atacar la raíz de estos males a través de la educación. La población cuando está educada y concientizada será distinta y será mejor. -Alguna anécdota que quiera compartir durante su vida sacerdotal. -El periodismo siempre me ha inquietado. Pero jamás pensé que ello me abriría las puertas de tantos medios y amigos. En el 2000 llegué a La Industria, por encargo del arzobispo, para hacer la página de religión. Y me sentí feliz. Algo que nunca me lo imaginé. Pues La Industria es un diario de tanto prestigio. Y los periodistas de La Industria, lo digo como anécdota, ya me ven como parte de ellos. No sé si algún otro sacerdote ha tenido esta experiencia. Pero al menos, yo jamás me lo imaginé. |