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Entrevista al gran periodista liberteño Manuel Jesús Orbegozo, publicada hoy en el diario Perú 21 por el periodista José Gabriel Checa
Nací en 1923, en Otuzco, en el departamento de La Libertad, a 70 kilómetros de Trujillo y a 2,200 metros sobre el nivel del mar. Mi padre era contador público, trabajó en dos haciendas; una en Chota, donde pude ver lo humillantes que podían llegar a ser los que ejercían el poder. Con mi madre leía a autores como Víctor Hugo, Alejandro Dumas y otros. Estudié cuatro años para ser oficial del Ejército -tengo compañeros de promoción que llegaron a ser generales-. Soy uno de los fundadores del Movimiento Social Progresista. Trabajé en La Crónica, en Expreso y en El Comercio.
"Yo escribía poesía y publicaba en el diario La Nación, de Trujillo. Así fui conociendo la redacción. Y en eso estaba -a los 25 años- cuando se presentó un problema: el alcalde de la playa de Buenos Aires, donde yo vivía, hizo una placita y, en el discurso inaugural, dijo lo que había costado la obra. Muchos pensamos que había gastado demasiado. Yo recogí ese clamor y fui al periódico a dar la información", recuerda Manuel Jesús Orbegozo. -¿Y la publicaron? -Sí, al día siguiente, diciendo que podía haber habido malos manejos. Y el alcalde exigió una rectificación. Sin embargo, yo me encontré con un amigo ingeniero civil y fuimos a medir la plaza y a calcular el costo: efectivamente, se había gastado más. Se publicó el material y, al cabo de 30 días, subrogaron al alcalde. Esto es lo que siempre cuento en mi primera clase de periodismo. -¿Por qué? -Porque ese suceso me dejó lecciones: el poder de la prensa, al que nadie se puede oponer si el periodista tiene la razón; puede denunciar y fiscalizar, no condenar, pero sí avisar. Segundo: nunca publicar nada sin comprobarlo. -¿Cuándo llegó usted a Lima? -El 1 de enero de 1951 amanecí en Lima, absolutamente solo, con 30 soles en el bolsillo, pero decidido a ser periodista. Es más, una de mis primeras entrevistas fue a Ramón Castilla... al monumento a Ramón Castilla. Yo no conocía a nadie, pasaba por ahí y le decía: 'Buenas noches, mariscal'. Él bajaba y nos íbamos a conversar. Mandé la entrevista a una revista y me llamaron. -Los estudiantes siempre hablan con mucho respeto de usted. -Lo que yo les digo es que el periodismo es una pasión, el que no se apasiona siempre será un periodista de medio pelo. No hay que andar diciendo mañana el lema es aquí y ahora. -¿Y las clases? -Antes -cuando la vocación de los estudiantes era mayor- daba mis clases siempre en la calle, como si fuera una comisión. 'Mañana, esquina tal con tal, en Villa El Salvador'. Hasta al frente del Cinco y Medio las hice. Y ahí mismo, una vez, descubrimos que declaraban menos clientes de los que recibían. Lo otro es que exijo mucho en lenguaje. -Usted estuvo preso durante la dictadura de Odría. ¿Cómo fue eso? -Yo estaba en un carro, entrevistando a una cantante de ópera, Maruja Ponz, cuando pasamos delante de la embajada colombiana y vi a Haya de la Torre, que estaba adentro, parado, leyendo un periódico. Nos detuvimos, le hice fotos y, cuando nos íbamos, nos tomaron presos. En ese momento era pecado hacer actividades de ese tipo... -Haya de la Torre era asilado político. -Claro. Hubo muchas gestiones para sacarme, pero estuve casi dos meses preso. Lo que había sucedido -y lo cuento en mi libro porque está comprobado- era que Maruja Ponz era amante de Odría. Y, por celos, ese monje negro de Odría llamado Esparta Zañartu le dijo que yo estaba enamorado de ella. -Veo credenciales de prensa de todo el mundo.¿Cuánto ha viajado? -He dado nueve vueltas al mundo, que las considero así porque salí de Lima por el oeste y regresé por el este. -También veo fotos con entrevistados célebres... -La década del 50 fue pródiga en personajes que venían a Lima, como Hemingway, William Faulkner, Camilo José Cela, Borges, Neruda, García Márquez, Matta, Guayasamín. He estado en cinco cumbres con Gorbachov y Reagan y estuve cuando Gorbachov visitó al Papa -pensamos que lo iban a excomulgar-. Entrevisté a Pol Pot y a Arafat, que me hizo llegar a uno de sus campos de entrenamiento para guerrilleros. También escribí un libro sobre la rebelión en la plaza Tiananmen. -Cuénteme alguna anécdota. -Cuando Alfred Kinsey, el famoso sexólogo de Estados Unidos, llegó a Lima nos mandaron a entrevistarlo, pero no quiso declarar. Regresé a La Crónica y escribí eso, pero el jefe de redacción agarró mi nota y la tiró a la basura: '¡Usted entrevista a Kinsey o no regresa más!'. Yo era nuevo, estaba asustado. Fui al hotel a insistir, pero él no quería declarar. Entonces encontré en mi billetera una tarjeta de visita del director del periódico y se la mandé a Kinsey con mis saludos. -¿Funcionó? -Claro. Sacó whisky y hasta despertó a su esposa. Nos pusimos a conversar -yo hablo inglés-. Pero al tercer vaso tuve que irme... -¿Por qué? -Porque no tomo. Y al tercer vaso ya estaba hablando inglés, francés, alemán... (ríe). Eso sí, al día siguiente fuimos el único diario que lo tuvo: 'Kinsey viene a estudiar vida sexual de los incas'. El director me felicitó y todo. Pero sentía que debía explicarle lo que había hecho. Se lo dije... ¡y me felicitó otra vez! Pero, cuando ya me iba, recordé que, en la borrachera, había quedado con Kinsey en mandar a mi chofer a buscarlo para almorzar en mi casa con mi esposa. Muy comprensivo el director, le avisó a su esposa y almorzamos todos juntos. |